Manipulador… frío y calculador… el traidor más grande que ha conocido la humanidad… Esos y muchos más epítetos pueden darse para referirse a uno de los mayores villanos que se ha conocido sobre la faz de Azeroth, en mucho, el verdadero responsable de la muerte (y posterior no-muerte) de miles y miles de personas en todas partes del globo.
Kelthuzad es, definitivamente, una de las fuerzas más poderosas de Azeroth. Así siempre lo quiso y lo logró. Es uno de los pocos personajes de Warcraft que ha logrado llevar a cabo sus objetivos. Nunca ha usado una espada en su vida, pero sobre su conciencia (si la tiene) carga más muertes que las dos Guerras entre orcos y humanos.
¿Puede un solo hombre devastar un imperio? ¿Puede la ambición por el poder cambiar el destino de los pueblos y darle un sentido nuevo a la historia?
Y es que Kelthuzad es un personaje fascinante de analizar. De todos los villanos que hemos conocido hasta ahora, Kelthuzad es el que llena perfectamente el papel del malvado astuto, cuya fortaleza no se encuentra en su fuerza física, sino en su cerebro.
Zalamero y cobarde, sus dos principales defectos son también sus dos fortalezas. Se cree que Kelthuzad nació en Dalaran, la ciudad de los magos, de una familia noble y adinerada. En su nacimiento hay algo especial (como todos los nacimientos ilustres) que ni sus padres ni él mismo conocerían hasta muchos años después. Y es que el año 559 es, por lo visto, un año determinante, esotérico se podría decir, en la historia de Azeroth, pues en este mismo año nacieron dos de los hechiceros más poderosos del universo, dos seres que cambiarían para siempre el destino de este pequeño planeta: Medivh y Kelthuzad, uno, el primero, responsable de la apertura del Portal Oscuro y la consecuente e interminable guerra entre la Horda y la Alianza. El otro, el precursor del arribo de la segunda invasión de la Legión Ardiente y del advenimiento de la criatura más terrorífica que ha pisado Azeroth jamás: el temible Rey Lich.
Como es de esperar, nunca le faltó nada en su vida. Su familia era próspera, probablemente aristócratas de la ciudad, aunque no queda claro que fueran magos, pero es posible que tuvieran influencias en ese sentido.
De mente inquisitiva y curiosidad innata, es posible que el joven Kelthuzad siempre buscara entender los acontecimientos que rodeaban su vida, buscando explicaciones para todo aquello que parecía estar fuera del alcance de su inteligencia.
Kelthuzad, sin embargo, iba más allá de solamente entender. Kelthuzad quería cambiar las cosas. Quería tener el poder suficiente para modificar el mundo que le rodeaba, y transformarlo a su antojo. No es de extrañar, entonces, que siguiera la senda de la magia en su búsqueda perpetua del poder.
Es así como Kelthuzad se inicia en el camino de la magia. Probablemente, su maestro haya sido otro archimago, que más tarde le reconocería como su más entrañable amigo: Antonidas. ¿Sería Antonidas el desconocido maestro de Kelthuzad? Si bien sabemos, el famoso Antonidas siempre supo reconocer en sus pupilos el potencial para manipular el tejido de la realidad. Recordemos a Khadgar y Jaina, anteriores aprendices del gran archimago. ¿Podría ser Kelthuzad el primero de ellos?
Y Kelthuzad llena todas las expectativas que Antonidas o cualquier otro mago podría esperar de un alumno brillante. Inquisitivo, inteligente, aplicado, devorador de libros. Un ratón de biblioteca. Pero siempre queriendo más, queriendo aprender, queriendo develar los secretos profundos del universo y cómo poder controlarlo.
La inmensa riqueza de su familia le sostendrá en sus estudios. Además de la brillante lucidez de una mente privilegiada, el dinero será uno de sus principales aliados en su búsqueda del poder.
La magia blanca, sin embargo, no será suficiente. La magia prohibida, aquella que el Kirin Tor tanto teme, se volverá su obsesión. En los oscuros pasillos subterráneos de los calabozos y catacumbas de Dalaran, Kelthuzad se volverá en uno de los principales magos encargados de los “experimentos” llevados a cabo con las más diversas y abominables criaturas.
Antonidas siempre le recriminará su interés por tales aberraciones, pero el archimago nunca podrá convencer totalmente a su amigo acerca de lo peligroso que es inmiscuirse en los caminos oscuros de la magia negra.
De hecho, en la existencia de los mortales en Azeroth, solamente un mago logrará superarle en conocimiento acerca de los oscuros caminos de la magia arcana: Medivh. Y quizás Kel’thuzad, interesado por las místicas actividades que el poderoso hechicero en la impenetrable torre de Karazhan, intentará por todos sus medios que sea nombrado asistente del Último Guardián. No logrará su cometido y la tarea será encomendada al joven Khadgar, nuevo protegido de Antonidas. El archimago sabe que las inclinaciones de su amigo hacia las magias oscuras son demasiado fuertes. Y las sospechas de Antonidas acerca de que Medivh sea el responsable de la reciente aparición de una monstruosa raza de seres pieles verdes en el sur de Azeroth hacen que el sabio archimago designe a un joven prometedor en lugar de su amigo. Kel’thuzad nunca se lo perdonará. ¡Cuánto daría por tener entre sus manos el Libro de Hechizos de Medivh! La vida, sin embargo, tiene sus revanchas…
Pasarán los años. Las Guerras entre la Horda y la Alianza se
extienden a lo largo y ancho de Azeroth, Khaz Modan y Lordaeron. Obviamente, Kel’thuzad luchará al lado de los suyos, defendiendo su hogar, la mística Dalaran, de las sangrientas pretensiones de los invasores.
Los orcos, sin embargo, le dejan fascinado. No por su robustez. No por su ferocidad despiadada en la batalla. Serán los poderes mágicos, los poderes místicos que los brujos orcos desatan en el campo de lucha, lo que cautivará el interés de la siempre activa mente de Kel’thuzad.
Y un hecho trascendental terminará de inclinar la balanza de su mente brillante, cuando los campos de Lordaeron se plaguen de oscuros caballeros de ultratumba. Cientos de soldados se levantarán de sus tumbas y atacarán a la sola orden de un Caballero de la Muerte. Es increíble. Kel’thuzad está fascinado con los poderes de estos seres.
En su mente, delira. El poder de controlar las acciones de otros seres, de poder ordenarles y verlos moverse al unísono como un ejército mudo y frío, que no cuestiona órdenes. Un ejército de muertos vivientes. Aquel que tenga el poder sobre la vida y sobre la muerte gobernará el universo. Es demasiado tentador y Kel’thuzad lo sabe, pues siempre ha soñado, ante todo, con el conocimiento. Y el conocimiento es poder.
Por fin una oportunidad. Al final de la Segunda Guerra, en el año 599, la Horda es derrotada y colocada en campos de internamiento. Kel’thuzad, un archimago de renombre de 40 años de edad, cuenta con uno de los puestos principales del Kirin Tor, el Cónclave de magos que gobierna Dalaran. Casi suplicará a Antonidas el permiso para encargarse de los orcos prisioneros y así averiguar los secretos de sus poderes nigrománticos.
No logrará su cometido. Mientras más se esfuerza por encontrar a un brujo entre los prisioneros remanentes, más decepcionado queda. No hay tortura que valga. Incluso, se llevará a algunos a sus laboratorios subterráneos en Dalaran, como parte de sus experimentos, pero ninguno de los cautivos sabrá revelarle lo que tanto desea. Y lo que es peor. Cada vez más, los orcos se van retrayendo, aletargándose, convirtiéndose en una raza pusilánime muy lejana de la barbárica y destructiva Horda que había conocido durante las Guerras. Está frustrado.
Abandona los campos de internamiento. La decepción es demasiado grande para volver a Dalaran, así que decide asentarse en sus propiedades en las regiones norteñas de Lordaeron, específicamente en Andorhal, la gran ciudad conocida como “El Granero de Lordaeron”, por lo productiva que es su tierra.
Siempre le ha atraído aquella zona. En cierto modo, las desérticas y secas tierras del sur nunca le han agradado. Allí, entre las frondosas sombras de las copas de los árboles de Tirisfal Glades, el hechicero podrá dedicarse por entero a su única obsesión.
Tiene que lograrlo. Tiene que entender. Tiene que poder. Obviamente, no encontrará voluntarios para su experimento, así que decidirá experimentar con lo más sencillo. Ratas, gatos y perros. Alimañas del bosque. Cualquier criatura es buena mientras no se le vaya a extrañar.
Y habrá fracasos. Cientos de fracasos. Kel’thuzad empezará a invertir su fortuna es lograr conseguir su objetivo: crear un zombi “saludable”. Lo intentará una y otra vez. Los inmensos graneros en su propiedad se transformarán en laboratorios clandestinos. Tiene que tener mucho cuidado. Hace mucho que se ha ido de Dalaran y solo es cuestión de tiempo antes de que empiecen a sospechar.
Para guardar las apariencias, asistirá a uno o dos concilios de la Magocracia. La necesidad de trabajar en su proyecto, sin embargo, es demasiado grande. Una ausencia se perdona, pero las reiteradas faltas no se pasarán por alto. Antonidas está sobre su pista.
Los años pasan y Kel’thuzad parece acercarse a su objetivo. De vez en cuando, alguna rata revivirá de su putrefacción, pero la confusión de la no-muerte acabará por producir un fiasco.
Una noche, desesperado, empezará a clamar en medio de la oscuridad la ayuda de algún ente vagabundo del inframundo que le asista. Llamará al demonio y le ofrecerá el alma a cambio del éxito. Kel’thuzad nunca pensó que el demonio en persona le respondería.
Una voz estremecedora y estridente empezará a hablarle en su cabeza. ¿Se está volviendo loco? Kel’thuzad no la aceptará al principio. Raciocinio ante todo. Control, tranquilidad. Todo está en tu cabeza, amigo. ¿O no? La voz le mostrará su gran error.
En medio de terribles convulsiones, Kel’thuzad aprenderá que nada es un sueño, que no está loco. El ser vive y está dispuesto a ayudarle. Le llena de halagos y zalamerías. Sabe que es vanidoso y orgulloso al mismo tiempo. En medio de su confusión, le muestra lo que es capaz de hacer. El poder, el poder que tanto ha buscado Kel’thuzad hasta la desesperación, ahora se aparece prístino y tan claro, al alcance de la mano. Y el Oscuro Señor de los Muertos, que así dice llamarse la entidad, lo único que quiere es obediencia.
Kel’thuzad duda. No es tan estúpido como para dejarse confiar de un ser extraño. Sin embargo, es tarde. El ser se ha apoderado de su vida. No puede ignorarle. Le habla incluso hasta en los sueños y le muestra su poder, un poder irrefutable y devastador.
Le anuncia el azote de la raza humana, a la cual le ha llegado el tiempo de pagar. Y él, Kel’thuzad, el Elegido, será la mano que agite el látigo que azotará la tierra y la conmoverá hasta sus cimientos. El Oscuro Señor de los Muertos lo transporta en sueños y visiones hacia el futuro, un futuro tumultuoso, donde las razas de la tierra han sido barridas, donde la Muerte en persona camina entre los vivos. El reino de Lordaeron y el Alto Hogar de lo Elfos, Quel’thalas, raídos de la faz de Azeroth por la mano del propio heredero de la Casa Menethil. Mira a Dalaran, la preciosa ciudad, en ruinas, devastada por una fuerza incomprensible que no conoce resistencia. Y un vasto e invencible ejército de demonios consume los mundos sin piedad, buscando erradicar la vida del Universo. Horrorizado, mira su propia muerte a manos del hijo de Terenas. Y de las aguas corrompidas del Pozo del Sol, una abominable criatura esquelética se eleva envuelta en llamas. Y el terror le invade… cuando se da cuenta de que son sus propios ojos.
Pero no es el momento de tener miedo. Una vez más, el deseo de conocimiento es más fuerte. Con la ayuda del Rey Lich, Kel’thuzad empieza a avanzar rápidamente en su progreso para hallar la manera de crear un muerto viviente. Casi lo logra, cuando es llamado de urgencia a Dalaran.
Maldiciendo su mala suerte, el archimago vuelve a la ciudad de Dalaran. Para su desgracia, su regreso será su inquisición. Drenden y Modera, los dos agentes que Antonidas ha designado para seguirle, han informado al Kirin Tor acerca de las actividades secretas de Kel’thuzad en el norte.
Mientras es sometido a interrogatorio, la macabra voz del Rey Lich, resonando en su cabeza, le da confianza y le recuerda lo que ya le había dicho: que todas estas cosas pasarían.
Kel’thuzad es acusado de traición y de herejía por utilizar la magia oscura aún contra el mandato del Kirin Tor. Pero Kel’thuzad, además de mago, es un perfecto orador y un consumado mentiroso. No podrán cogerle ni probarle nada. En eso, Antonidas se ha materializado en el salón. Trae consigo una caja que ha extraído de los graneros ocultos de Kel’thuzad en Andorhal. Dentro de ella, las pruebas acusadoras más fuertes: varias ratas vivificadas mediante el corrupto acto de la nigromancia. Aunque imperfectas, son suficiente prueba para condenarle. Su pecado: ha puesto en peligro a toda la clase de los magos con sus actividades, pues es de todos conocido de que los magos nunca han sido totalmente apreciados por la Iglesia de la Luz. Kel’thuzad, sin embargo, tiene razón en algo. Si han logrado sobrevivir tantos siglos, es porque los magos son definitivamente necesarios.
Su rango de archimago del Kirin Tor le es degradado, sus propiedades expropiadas y su nombre borrado de los anaqueles de los grandes magos.
Expulsado de la ciudad, no le queda más que una opción. Debe iniciar un viaje, el viaje que tanto ha pospuesto y que ahora se hace más que necesario. Ya no le queda nada que lo ate a la tierra que lo vio nacer. Y probablemente, en el frío norte que el Rey Lich le muestra en su mente, halle su venganza.
Allá, en las remotas y gélidas tierras de Northrend, Kel’thuzad, el Peregrino, ha logrado lo que ningún hombre ha hecho antes. Ha llegado al Glaciar de Icecrown y ha sobrevivido. La voz que resuena en su cabeza ha permanecido callada desde aquel momento. Y una sombra se cierne sobre el destino del aventurero mago. Ya no tiene provisiones. No sabe absolutamente donde se encuentra.
Y es en ese momento en que repara en el Obelisco. Un gigantesco monolito de piedra con runas apocalípticas grabada en sus cuatro caras. Y dos monumentales guardianes, cuyas formas recuerdan arañas, le abren silenciosamente el paso hacia el interior de una fortaleza.
Maravillado por desentrañar los oscuros secretos de la Necrópolis de Naxxramas, Kel’thuzad penetra en el recinto, donde es recibido por un monstruoso ser: Anub’arak, Señor de la Cripta de Azjol-Nerub.
El Señor de los Nerubian le muestra los distintos salones de la impresionante y horrorifica fortaleza. Ansioso por mostrarse ante el Oscuro Señor de los Muertos y entrar a su servicio, Kel’thuzad presiona a Anub’arak para entrevistarse con el Rey Lich. Las duras palabras del Nerubian le revelan que no todas las cartas están a su favor, antes bien, podría ser perfectamente un prisionero.
Kel’thuzad empieza a reconsiderar su posición de servidumbre. Ha sido un error viajar hasta Northrend en pos de una quimera. Y probablemente halle la muerte en su empresa. En las profundidades de Naxxramas, Kel’thuzad descubre que el Rey Lich se está preparando… para una guerra. Una guerra que él mismo va a iniciar. Y en el instante en que Anub’arak le muestra los poderes de la terrible plaga con que el Rey Lich planea azotar la tierra, utilizándola en un par de campesinos prisioneros, Kel’thuzad no puede contener su terror al observar a la mujer, convertida en necrófago, devorar a su compañero. Cobarde, como siempre ha sido, decide autotransportarse fuera aquella pesadilla y reaparece en un descampado nevado lejano a Icecrown.
Su acción, sin embargo, no ha hecho más que enfadar al Rey Lich. Enormes y monstruosas sombras le hayan. No tiene manera de escapar, pues su mente aún mantiene el vínculo con la vasta conciencia del Oscuro Señor de los Muertos.
Ahora es llevado como un prisionero y no como el favorito que deseaba ser. Conducido por en medio de salones y túneles que él sabe no podrá recordar después, finalmente llegan a una enorme caverna, en el centro de la cual se levanta una gigantesca espiral que asciende hasta perderse en la oscuridad.
Mientras asciende escoltado por sus guardianes la interminable escalinata, su cuerpo y su espíritu van flaqueando. Sin recibir misericordia ni compasión, prácticamente debe arrastrarse hasta la cima, donde exhausto, entrega el resto ante la monolítica y despiadada armadura negra enclaustrada en un Trono de Hielo.
Allí, Kel’thuzad, el Nigromante, entrega su alma y su vida al Rey Lich. No podrá escapar. Esta primera prueba le ha demostrado que el Oscuro Señor de los Muertos no guarda ninguna compasión ni con él ni con su raza. Su objetivo es acabar con la humanidad y tiene el poder para hacerlo.
Y se cierra el pacto. A cambio de los inmensos poderes, el conocimiento y la inmortalidad, Kel’thuzad jura obediencia eterna al Rey Lich. Le servirá vivo o muerto. Si le desafía, acabará como uno de sus sirvientes zombis descerebrados. Y mientras los cimientos de Naxxramas se conmueven por los cánticos ininteligibles de los acólitos, elevando la Necrópolis por los aires, el Oscuro Señor de los Muertos le entrega la misión a Kel’thuzad, el Portador de la Desgracia… el Rey Lich quiere un pueblo… un pueblo que le alabe como un dios… y Kel’thuzad, como su embajador ante los vivos, por medio de la ilusión, el engaño, la enfermedad y la fuerza de las armas, va a dárselo.
Kel’Thuzad, el Archilich de las Tierras de la Peste, fue uno de los principales agentes del Rey Lich, responsable de esparcir la Plaga de los no-muertos por todo Lordaeron. Después de que Arthas acabara con él durante la tercera guerra, renació como lich. Ayudó a Arthas en la invocación de Archimonde, comandante de la Legión Ardiente. Sin embargo, la lealtad de Kel’thuzad era para el Rey Lich, y no para la Legión. Cuando Arthas se marchó hacía Northrend durante los sucesos del Trono Helado, dejó a Kel’Thuzad como su segundo para dirigir el Azote en Lordaeron. Ahora dirige las Tierras de la Peste desde su necrópolis flotante sobre Stratholme, Naxxramas.
Biografía
Durante el corto periodo antes de la seguda guerra, Kel’Thuzad fue miembro del alto consejo de Kirin Tor – los señores de Dalaran. Como uno de los Lideres de Kirin Tor, Kel’Thuzad era el más ansioso por entrar en la Biblioteca del Guardian – el pozo de conocimiento acumulado por Medivh en su torre de Karazhan- y fue el más decepcionado cuando la biblioteca se perdió. Después de la muerte de Medivh, Kel’Thuzad y otros miembros antiguos de Kirin Tor interrogaron a su aprendiz, Khadgar, sobre lo sucedido; Kel’Thuzad pareció particularmente interesado en descubrir más acerca de la misteriosa Orden de Tirisfal, que – Como apunto a Antonidas, líder de Kirin Tor – fue relevante cuando discutía con Medivh.
La Llamada del rey Lich
Había un puñado de individuos poderosos, repartidos por todo el mundo, que oyeron los reclamos mentales del Rey Lich desde Northrend. El más notable de ellos fue el Archimago Kel’Thuzad, de la nación mágica de Dalaran. Kel’Thuzad, uno de los miembros antiguos de Kirin Tor – el consejo gobernante de Dalaran – due considerado un inconformista durante años debido a su insistencia en estudiar las artes olvidadas de la necromancía. Llevado a aprender todo acerca del mundo de la magia y sus oscuras maravillas, se vio frustrado por lo que entendió como sus más anticuados y poco imaginativos preceptos. Sobre los reclamos de Northrend, el archimago canalizó toda su voluntad en comunicarse con la misteriosa voz. Convencido de que Kirin Tor era demasiado aprensivo para tomar el poder y el conocimiento inherente en las artes oscuras, optó por aprender lo que pudiera del inmensamente poderoso Rey Lich.
Dejando atrás su fortuna y su prestigio político, Kel’Thuzad abandono los caminos del Kirin Tor y dejó Dalaran para siempre. Empujado por la persistente voz del Rey Lich en su cabeza, vendió todas sus pertenencias y guardo toda su fortuna. Viajando solo durante leguas por tierra y mar, al final alcanzó las heladas orillas de Northrend. Con la intención de llegar a la Corono de Hielo y ofrecerle sus servicios al Rey Lich, el archimago paso a través de las arrasadas ruinas de Azjol-Nerub. Kel’Tuhzad vio en primera persona el alcance y la ferocidad del poder de Ner’zhul. Empezó a creer que aliarse con el misterioso Rey Lich no sólo sería sabio, sino que además sería potencialmente fructuoso.
Tras largos meses de andaduras a lo largo de las duras estepas articas, Kel’Thuzad finalmente llego al oscuro glaciar de la Corona de Hielo. Se aproximó a la ciudadela oscura de Ner’zhul, y se sorprendió cuando los silenciosos guardas no-muertos le dejaron pasar como si ya le esperaran. Kel’Thuzad descendió a lo más profundo de la fría tierra encontró un caminó al hacia el fondo del glaciar. Allí, en la caverna sin fin de hielo y sombras, se postró ante el Trono Helado y le ofreció su alma al Lord Oscuro de la muerte.
El Rey Lich se complació con su último recluta. Prometió a Kel’Thuzad inmortalidad y gran poder a cambio de su lealtad y obediencia. Kel’Thuzad, ansioso por el conocimiento y poder oscuro, aceptó su primera gran misión: entrar en el mundo de los hombres y fundar una nueva religión que adorara al Rey Lich como a su dios.
Para ayudar al Archimago a cumplir su mission, Ner’zhul dejó la humanidad de Kel’Thuzad intacta. El anciano y aún carismático mago usó sus poderes de ilusión y persuasión para dar una tregua a la maltratada, y sin derecho a voto gente de Lordaeron. Cuando tuvo su atención, les ofreció una nueva visión de cómo podía ser la sociedad- y una nueva figura a quien llamar Rey…
Culto de los Malditos
Kel’Thuzad volvió a Lordaeron disfrazado, y en un período de tres años, uso su fortuna y intelecto para reunir una hermandad clandestina de hombres y mujeres con ideales similares. Le hermandad, que se llamó el Culto de los Malditos, prometió a sus acolitos igualdad social y vida eterna en Azeroth a cambio de su servicio y obediencia hacia Ner’zhul. A lo largo de los meses, Kel’Thuzad encontró a muchos voluntarios ansiosos para su nuevo culto entre los cansados y sobreexplotados trabajadores de Lordaeron. Sorprendentemente, la meta de Kel’THuzad de corromper a los ciudadanos para que pasaran de la fe en la luz sagrada hacia las sombras de Ner’zhul fue bastante fácil de completar. Mientras el Culto de los Malditos crecia en tamaño y influencia, Kel’Thuzad se aseguró de mantener su trabajo oculto a las autoridades de Lordaeron todo el tiempo.
Con la Victoria de Kel’Thuzad sobre Lordaeron, el Rey Lich hizó las preparaciones finales para su asalto contra la civilización humana. Depositando sus poderes de la Plaga en unos objetos móviles llamados Calderas de la Plaga, Ner’zhul ordenó a Kel’Thuzad transportarlos a Lordaeron, donde serían ocultos en diferentes pueblos controlados por el Culto. Las calderas, protegidas por los cultistas más leales, actuarían más tarde como fuentes de la Plaga, enviándola a través de las insospechadas granjas y ciudades del norte de Lordaeron
El plan del Rey Lich funcionó a la perfección. Muchos de los pueblos norteños de Lordaeron fueron contaminados casi de inmediato. Tal como en Northrend, los ciudadanos que contraían la plaga morían y revivían cómo esclavos de Rey Lich. Los cultistas bajo el control de Kel’Thuzad estaban ansiosos por morir y revivir otra vez al servicio de su señor. Estaban Exultados por la posibilidad de la inmortalidad a través de lo no-muerto. Mientras la plaga se extendía, más y más zombies ferales se alzaban en las tierras del norte. Kel’Thuzad se percató del creciente ejercito del Rey Lich, y lo llamó El Azote – para pronto cruzar las puertas de Lordaeron y exterminar a la humanidad de la faz de la tierra.
Tras la guerra
Kel’thuzad reapareció cuando la Legión barría las Tierras de la Peste, en el período posterior a la invasión, se quedó en la capital como uno de los tenientes del Rey Lich. Arthas había ido a Kalimdor bajo las ordenes de Ner’Zhul, y sólo Kel’Thuzad y la banshee Sylvanas Windrunner se mantuvieron en su puesto. Pero sabían que la Legión había sido vencida bastante antes de que lo supieran los Dreadlords que se quedaron en Lordaeron.
Arthas volvió enfurismado, persiguió con los Dreadlords hasta salir de la Capital, y Kel’Thuzad se alivió de verle. Con los generales de la Legión fuera, fueron a por los pueblos de las que se escapaban a través de los pasos de las montañas. Kel’Thuzad pensó entonces que serían un buen sacrificio para el Rey Lich. Pero mientras penetraban entre las fuerzas humanas, Arthas sufrió violentas heridas, y Kel’Thuzad consideró la retirdad, pero el Rey lo prohibió, y continuaron en su macabra misión. Tras la batalla, Arthas recibió una visión de Ner’zhul, que le mandó volver a Northrend. Kel’THuzad inmediatamente se preparó para su salida, pero fueron emboscados por los dreadlords, y separados. Los Dreadlors desataron su poder contra Arthas, pero Kel’Thuzad encontró su propio camino fuera de la ciudad.
Kel’Thuzad fue luego a por Arthas junto con Sylvanas y sus banshees. Estaba a punto de atacar cuando Kel’Thuzad se reveló contra ella y sus hermanas. Con las banshees muertas, Sylvanas fue forzada a retirarse. Kel’Thuzad escotó a Arthas a la costa, donde había preparado una flota de barcos para su partida. Arthas pidió a Kel’Thuzad, su más leal sirviente y amigo, quedarse en Lordaeron y asegurarse de que su legado se mantenía. Kel’Thuzad prometió cumplirlo durante lo que le quedaba de vida, fuera cual fuera el precio a pagar. En la batalla qye seguiría entre Sylvanas y los dreadlords, Kel’Thuzad, usó sus poderes para esconderse, donde pudiera trazar su resurgimiento dentro de los nuevos poderes de las Tierras de la Peste. Ahora reside en su necrópolis en Nazzramas, sobre Stratholme.
Raza: Muerto viviente, antes humano
Ocupación: Lich, antiguamente nigromante y antes que eso archimago; Comandante Supremo del Azote en Azeroth; Señor de Naxxramas; mano derecha del Rey Lich.
Alineamiento: El Azote, el Culto de los Malditos, antiguamente Kirin Tor
Nace: 559, Dalaran.
Muere: 617, afueras de Andorhal, Lordaeron.
Revive: 617, Pozo del Sol, Silvermoon, Quel’thalas
Fuente: Togaan de Rolcraft
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