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os enormes huesos estaban casi enterrados en la nieve, pero era fácil ver la aterradora garra que apuntaba hacia arriba, retorcida en solemne agonÃa. Los nigromantes se reunieron sin decir nada, formando un anillo alrededor del cadáver del dragón. Se mantuvieron quietos durante un momento mientras el viento los cubrÃa con ráfagas de nieve. Entonces comenzó el ritual.
Del centro de los huesos congelados surgieron rayos de luz impÃa, rompiendo el hielo y la nieve hasta que los inmensos restos quedaron completamente expuestos. Con un gesto del Gran Necroseñor Antiok, los huesos se estremecieron y trastabillaron sobre el suelo, rotando lentamente hasta quedar en posición.
Los encantamientos de los nigromantes comenzaron a crecer a medida que imbuÃan de conciencia los restos de la criatura. Violentas contorsiones recorrÃan el cuerpo mientras la conciencia de la vermis luchaba contra su corrupta reanimación. Un grito débil rasgó el aire y la criatura fue dominada. Un brillo helado comenzó a arder dentro de sus costillas vacÃas, extendiéndose por sus miembros y dando un aspecto aterrador a las cuencas de sus ojos.
El Gran Necroseñor avanzó y habló:
“El Rey Exánime ha creÃdo adecuado resucitarte para que sirvas a la Plaga. Serás nuestro excelso instrumento de muerte, atormentarás a los pueblos de nuestros enemigos, devorando a los vivos y acompañando a nuestros mejores caballeros de la Muerte.”
La vermis de escarcha los contempló y agachó la cabeza levemente en reconocimiento. La conversión se habÃa completado. Levantándose, desplegó sus alas hacia el cielo como un abanico de cuchillos.
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