Los largos siglos que siguieron al Gran Cataclismo del mundo resultaron difÃciles para la raza trol. El hambre y el terror eran moneda común en sus disgregados reinos. Los trols Gurubashi, conducidos a un final desesperado, buscaron ayuda en fuerzas mÃsticas y ancestrales.
Si bien ambos reinos trol compartÃan una creencia central en un gran panteón de dioses primitivos, los Gurubashi empezaron a adorar al más oscuro de ellos.
Hakkar el Cazador de Almas, espÃritu vil y sanguinario, oyó la llamada de los trols y decidió ayudarlos. Hakkar compartió sus secretos de sangre con los Gurubashi y les ayudó a extender su civilización a lo largo de la mayor parte de la Vega de Tuercespina y ciertas islas de los Mares del Sur. Si bien les proporcionó un gran poder, Hakkar querÃa más y más para sus propósitos.
El dios sanguinario pidió que se sacrificaran almas en su altar diariamente. TenÃa intención de lograr el acceso al mundo fÃsico para asà poder beber la sangre de todas las criaturas mortales. Con el tiempo, los Gurubashi se dieron cuenta de la clase de criatura con la que habÃan estado tratando y se volvieron en su contra. Las tribus más poderosas se rebelaron contra Hakkar y sus leales sacerdotes, los Atal’ai.
La terrible guerra que siguió entre los seguidores de Hakkar y el resto de las tribus Gurubashi solo se comenta en susurros. El imperio en ciernes fue destruido por la magia desatada entre el airado dios y sus criaturas rebeldes. Cuando la batalla parecÃa estar perdida, los trols lograron destruir el avatar de Hakkar, desterrándolo del mundo.
Incluso sus sacerdotes Atal’ai fueron expulsados de la capital de Zul’Gurub y obligados a sobrevivir en los ignotos pantanos del norte. En esos terrenos pantanosos construyeron un gran templo al dios caÃdo, Atal’Hakkar, donde pudieran continuar con la obra de su maestro…
El resto de las tribus Gurubashi se dispersaron tras la gran guerra civil que dejó sus tierras en ruinas. Las tribus Machacacráneo, Sangrapellejo y Lanza Negra marcharon con el fin de reclamar sus propias tierras en el interior de las vastas junglas de Tuercespina. Si bien hubo un momento de frágil paz en el imperio disgregado, algunos hablaban de una profecÃa según la cual un dÃa Hakkar volverÃa a nacer en el mundo y, en ese momento, lo reducirÃa a cenizas.
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