ExtraÃdo de los escritos de Abd al-Hazir : Las últimas semanas del otoño habÃan pasado ya por Ivgorod y el primer aliento del invierno se empezaba a sentir en el aire. Cuando cayó la noche y el sol se ocultó bajo el horizonte, me sentà afortunado de poder refugiarme en una taberna. Al entrar noté cierta tensión en la sala. A pesar de la hora no estaba muy lleno, solo habÃa unos pocos grupos pequeños esparcidos alrededor de las mesas en los extremos de la estancia. En los bancos del centro no habÃa nadie, excepto un hombre.
No parecÃa sentir el frÃo. Iba vestido como un mendigo, llevaba poco más que una tela naranja que le envolvÃa el cuerpo y dejaba la mitad de su pecho al descubierto. Un collar de grandes cuentas de madera le colgaba del cuello. Llevaba la cabeza totalmente rasurada, con la excepción de una barba poblada y descuidada. Entonces me di cuenta: tenÃa dos puntos tatuados en la frente, uno más grande que el otro. Como sabrÃa cualquiera que hubiera estudiado las gentes y las culturas de este mundo, este hombre era uno de los monjes de Ivgorod, los reservados y solitarios guerreros santos de la región.
HabÃa oÃdo incontables historias fantásticas sobre los monjes, cuentos que sin duda se habÃan adornado profusamente. La piel de los monjes, según contaban, era dura como una piedra y ni la hoja de una espada ni la punta de una flecha podÃan atravesarla. Los monjes eran capaces de partir rocas con los puños con la misma facilidad con la que tú o yo rompemos una ramita. Aunque el hombre humilde que tenÃa ante mà no parecÃa ni remotamente uno de los monjes de los que habÃa leÃdo y oÃdo hablar, me acerqué con cautela y me senté en el banco frente a él, ansioso por conocerlo. Me dijo que me acercara con un ligero gesto de la mano.
“Ah, un alma con el valor de sentarse conmigo. Ven, amigo mÃo.”
“El crujido de los huesos al romperse con cada uno de los ataques del monje se mezclaba con algo que me costó creer: reÃa mientras luchaba. Despachó a sus contrincantes hasta que solo quedó uno.
Me sirvieron comida, pero tenÃa poca hambre. Preferà concentrarme en registrar los detalles de la vida del monje. Me habló de su fe en la existencia de mil y un dioses, dioses que creÃa que se encontraban en todas las cosas: el fuego del hogar, el agua del rÃo y el aire que respiramos. Es una historia bonita, desde luego, pero todo individuo razonable verÃa tal visión del mundo como poco más que una superstición, al igual que yo. Más adelante el monje me describió su intenso entrenamiento fÃsico y mental, su eterna ambición de perfeccionar su mente y su cuerpo hasta convertirlos en un instrumento de justicia divina, aunque no sé por qué les hace falta un mortal a sus mil dioses para cumplir su voluntad. Cuando le pregunté por qué no llevaba una espada, ni ninguna otra arma, me contestó sencillamente: “Mi cuerpo es mi arma, mi cuerpo es mi arma al igual que mi mente.”
Para mi sorpresa, yo asistirÃa a una demostración de su pericia.
Un grupo de hombres se acercó a nuestra mesa. Tiraron mi libro al suelo y me apartaron de un empujón, sacando cuchillos y otras armas mientras avanzaban. Se dirigÃan exclusivamente a la solitaria figura del monje, sentado frente a mÃ. Me escondà bajo la mesa, con una idea de lo que estaba a punto de pasar. Vi cómo atacaban, respondiendo a alguna señal imperceptible.
El monje recibió el salvaje ataque del primer hombre sin levantarse siquiera de su asiento; lo agarró de la muñeca y lo arrojó despreocupadamente por encima del hombro. Cayó sobre una mesa con gran estrépito. El ataque del monje fue tan repentino que los hombres se quedaron momentáneamente estupefactos. Mientras estaban ahà parados, el monje se levantó.
Fue entonces cuando se desató el caos.
El monje era una masa fluida de energÃa controlada; se enfrentaba a cada ataque sin apenas un momento de preocupación. Luchaba con pies y manos de una forma que yo jamás habÃa visto. He llegado a ser testigo de unas cuantas peleas de taberna, pero esto era algo totalmente diferente. El crujido de los huesos al romperse con cada uno de los ataques del monje se mezclaba con algo que me costó creer: reÃa mientras luchaba. Despachó a sus contrincantes hasta que solo quedó uno.
Este cogió una silla y se la lanzó al monje, que extendió el brazo y golpeó el fuerte roble del proyectil con su puño cerrado. La madera se deshizo en una nube de astillas y las piezas rotas de la silla cayeron al suelo alrededor del monje, inofensivas.
“―A mà no me engañas, demonio ―exclamó el monje. Con los brazos a los lados, extendió las manos y entonó un cántico. Alrededor de su cabeza apareció un halo de luz blanca que creció en tamaño e intensidad hasta que le cubrió completamente el cuerpo. Soltó un rugido y la luz se disparó hacia delante. Cuando atravesó al otro hombre le arrancó la piel, revelando un demonio de piel roja bajo la misma y lanzándolo a través de las puertas frontales de la taberna.
El monje se precipitó hacia adelante, aunque sus movimientos eran tan rápidos que a mis ojos les costaba distinguirlos todos. Fue como si hubiera siete monjes y al demonio le llovieran golpes por todos lados. El demonio tropezó y se cayó. El monje lo sujetó del cuello y sonrió antes de mover el brazo libre. Una energÃa brillaba y chisporroteaba en la palma de su mano. Extendió la palma abierta con fuerza hacia delante, y cuando golpeó al demonio, este explotó: piel, músculos y huesos quedaron destrozados, y el aire se llenó del olor de la carne quemada.
Si no lo hubiera visto con mis propios ojos no me lo habrÃa creÃdo. Parece que las historias de estos guerreros sin parangón no son tan exageradas como creÃa.
Abd al-Hazir es un renombrado caballero, historiador y erudito. Recientemente aceptó la tarea sin precedentes de investigar y recopilar información sobre los especiales moradores de nuestro mundo.
ArtÃculos relacionados
Quieres aprender a jugar al World of Warcraft Has clic y participa! o quizás acceder a nuestro chat de soporte.















